PERSONAJES
MIGUEL
MIRTHA
PRIMERA MAÑANA
-antes del corte-
Miguel, un hombre de unos 60 años se peina frente al espejo del baño. Lo hace hacia atrás, con el pelo mojado y un peine fino. Una y otra vez marca el trazo del pelo, es prolijo y decidido. Mira fijo el espejo, serio. Su cabello peinado y mojado hace notar el cuero de abajo. No está pelado, sólo tiene poco pelo, sólo tiene el pelo fino y lacio. Su mirada al frente y su mentón hacia abajo, lo hacen riguroso. Ya está terminado el peinado, pero se sigue peinando un poco más, la misma mirada, la misma cara inmutable del principio. Es de mañana.
MIRTHA: (Desde afuera) ¿Migue?... ¿Qué hacés? (Pasa un tiempo) Migue… ¿Estás en el baño? (Un poco más) ¡Migue! ¿Me escuchás?
MIGUEL: Sí.
MIRTHA: Y contestame entonces.
MIGUEL: ¿Qué pasa?
MIRTHA: ¿Qué hacés?
MIGUEL: Estoy en el baño.
MIRTHA: Que novedad. ¿Qué hacés en el baño?
MIGUEL: Me estoy peinando Mirtha.
MIRTHA: Ah… ¿Puedo pasar?
Miguel hace un gesto y susurra un “como si me importara” muy despacio, casi imperceptible, es un pensamiento en voz alta pero muy baja. Mirtha entra y lo mira, él no deja de darles los retoques a ese pelo que hace bastante está terminado.
MIRTHA: Tengo que hacer pis.
MIGUEL: Usá el baño de abajo.
MIRTHA: No quiero, tengo mis cosas acá.
MIGUEL: ¿Qué cosas necesitas para hacer pis?
MIRTHA: No quiero ir al de abajo Miguel, éste es mi baño. (Otro tiempo que pasa. Mirtha lo mira peinarse, ella tiene el ceño levemente fruncido). ¿Te falta mucho?
MIGUEL: Mm.
MIRTHA: Si a vos no te jode yo meo.
MIGUEL: Ya termino Mirtha.
Mirtha lo mira y también se mira en el espejo. Tiene el pelo corto y castaño. Se la ve más joven o sólo con un poco más de energías.
MIRTHA: ¿Porqué no te cortas el pelo? Hacete un corte moderno, como los que se usan ahora. Como Kelbin Klark… Kerk. Como me gustaba Calvin Klerk. Así, un poquito para arriba, cortito y paradito, más moderno. Te va a hacer más joven. (Miguel deja de peinarse y apoya el peine suave y lentamente sobre la bacha). ¿Hace cuánto que usas el mismo peinado? Todos tus amigos ya se cambiaron el pelo, mirá Ricardo que bien que le queda así rapadito y tiene menos pelo que vos. Tenes que aprovechar que todavía te quedan algunos pelos y que te podes hacer un corte. Más moderno. Acá a la vuelta abrieron una peluquería, una barbería se dice, como antes. Hasta tiene el cosito ese de líneas rojas como las de estados unidos. Hace tiempo que la abrieron y no paran de salir chicos jóvenes, con unas caras divinas y unos cortes preciosos. Todos chicos jóvenes, los peluqueros también. Andá ahí y cortate el pelo.
MIGUEL: Yo me corto en lo del Ruso hace más de 30 años.
MIRTHA: Justamente. Ya ni cerca te queda, te vas en auto a cortarte el pelo Miguel. Ni te pregunta cómo lo querés, te hace lo mismo de hace 30 años y te cobra mucho más.
MIGUEL: Pero es mi peluquero.
MARTHA: ¿Y qué? Vos te crees que se va a enterar. Y si te ve, que se entere y que se modernice un poco el también. Dale, hacelo por mi, ponete lindo. Yo te acompaño.
MIGUEL: Tch.
MIRTHA: Mirá, hoy cuando salís de la empresa, me pasas a buscar y vamos. Después caminamos un poco y te compras un pantalón y una camisa linda, un par de camisas y dos pantalones.
MIGUEL: No se, hoy no se.
MIRTHA: ¿Porqué no sabes? ¿Qué tenés que hacer? Salís a las seis, yo no voy a ritmos, me pasas a buscar y paseamos. ¿Querés que hable yo con el peluquero? Yo hablo y le explico lo que querés. Le digo que querés estar más joven. Que te haga un corte como los que se usan ahora, pero sin zafarse; no vas a tener Mirtha escrito en la cabeza. Después te compras un pantalón y una camisa, paseamos un poco, volvemos, te pones todo y después, si querés, te vas al club. Imaginate cuando te vean. Van a decir: ¿quién ese pendejo hermoso que entra?... ¿Sí?
La boca de Miguel se ladea hacia el costado, es la primera sonrisa o mueca que vemos en él.
MIGUEL: Que se yo.
MIRTHA: ¿Sí?
MIGUEL: Yo cuando era joven me peinaba así.
MIRTHA: Pero tenías muuucho pelo y muuuy oscuro. Ahora está blanquiiito y poquito.
Mirtha se acerca a Miguel por atrás. Con las dos manos en la cabeza le levanta el pelo hacia arriba. Ella y él miran al Miguel del espejo mientras Mirtha despeina a los dos al mismo tiempo.
MIRTHA: Mirá... Así, ¿ves?
Siguen los dos mirando el reflejo de Miguel. Lo que Mirtha pretende está lejos de materializarse en este patético peinado que ha realizado con sus manos. La pausa es larga, como si fuese una foto.
MIGUEL: Sí, la verdad que ahora parezco de 30.
Segunda sonrisa o eso parece. Agarra el peine y vuelve a peinarse hacia atrás, como antes, como siempre. Demora un poco en terminar, pero no tanto.
MIGUEL: Me da vergüenza.
MIRTHA: ¿Qué?
MIGUEL: Que me da vergüenza.
MIRTHA: ¿Qué te da vergüenza?
MIGUEL: Todo... Ir a una peluquería, comprarme un pantalón. Me da vergüenza. Lo que uno disfraza de fidelidad es en realidad vergüenza. Y la vergüenza es miedo. Un miedo al revés. Porque en vez de saltar y salir corriendo, te hace seguir por el mismo camino con la cabeza baja. Me da vergüenza ir al club, que me miren cambiado, que me carguen. Me da vergüenza estar viejo.
MIRTHA: Sos un pelotudo.
MIGUEL: No Mirtha.
MIRTHA: Sí. ¿Y eso que decís de la fidelidad qué es? ¿Qué quiere decir? Porque si te da vergüenza comprarte un pantalón, te debe dar más vergüenza decirle a una chica de treinta que te gusta. O sea que estás conmigo por vergüenza.
MIGUEL: No, eso es distinto.
MIRTHA: A ver, explicame porque no entiendo.
MIGUEL: Es distinto Mirtha.
MIRTHA: Salí Miguel, que voy a mear.
Miguel la mira un rato, después mira hacia abajo y luego hacia la puerta. Sale del baño despacio. Mirtha está seria y lo mira fijo. Ha dejado la mano señalando la puerta del baño, en la misma dirección por la que sale Miguel lentamente. Ya afuera Miguel la mira, ella es una estatua señalando Los Andes, hasta tiene el mismo color del bronce y los mismos ojos opacos.
MIGUEL: ¿Cierro?
Mirtha no responde más que un gesto que se interpreta como “obviamente”, abriendo los ojos que ahora cobran vida gracias a la rabia. Cuando la puerta se cierra la estatua se vuelve de goma, pero no pierde la forma hasta después de unos segundos, cuando un poco aturdida se baja la bombacha y se sienta a mear. El codo en la rodilla y la mano en el mentón. Se comienza a escuchar el chorro de orina contra el agua del inodoro, es lo único que se escucha. ¿Pasa el tiempo o se detuvo? Pasa. Porque escuchamos a Mirtha mear. Mea mucho. Al terminar se seca con papel higiénico, se levanta la bombacha, se acomoda la ropa. Ahora se mira al espejo y también se acomoda un poco el pelo.
MIRTHA: ¿Estás ahí Miguel?
MIGUEL: Sí.
MIRTHA: ¿Y que hacés?
MIGUEL: Te espero.
MIRTHA: ¿Qué? ¿Cómo?
MIGUEL: Nada, te espero a que salgas.
MIRTHA: ¿Para?
MIGUEL: ¿Qué cosa?
MIRTHA: ¿Para que me esperás?
MIGUEL: Y que se yo.
MIRTHA: ¿Tenés que usar el baño?
MIGUEL: Eh… Sí, no sé.
MIRTHA: ¿Sí o no sé? .
MIGUEL: No, no sé.
MIRTHA: Miguel. ¿Tenés que usar el baño o no?
MIGUEL: No.
MIRTHA: Entonces no esperes ahí.
Mirtha niega con la cabeza. Mecánicamente se maquilla porque no está ahí, en el maquillaje. Se ve claramente que quedó allá, con Miguel. Pasa el tiempo -ahora es más claro- cada vez que Mirtha niega con la cabeza. Ahora mira hacia la puerta y sólo se dedica a respirar, lo hace dos veces antes de cortar esa respiración en un suspiro seco.
MIRTHA: Te estoy escuchando. (Pausa) Te estoy escuchando te digo, no tenés que disimular. (Otra más) ¡Ay dios mío! ¿Podés pasar Miguel? (Miguel abre la puerta y pasa, un poco).
MIGUEL: ¿Qué?
MIRTHA: ¿Qué?
MIGUEL: ¿Qué?
MIRTHA: “¿Qué?”
MIGUEL: Sí, ¿qué?
MIRTHA: ¿En serio me decís qué?
MIGUEL: Sí.
MIRTHA: ¿Qué de qué?
MIGUEL: Que sí. ¿Qué qué?
MIRTHA: Vos dijiste qué.
MIGUEL: Sí, ¿Qué?
MIRTHA: ¿Qué qué?
MIGUEL: “¿Qué?”
Mirtha ríe por el exceso de la palabra y Miguel tiene la palabra nuevamente en la boca, pero no la dice. Sólo se miran, Mirtha con una sonrisa y Miguel no, pero casi. ¿Cuántas veces pasa el tiempo en una sola mañana?
MIGUEL: Me voy a cortar el pelo.
MIRTHA: Bien.
MIGUEL: Salgo de la oficina y paso por acá.
MIRTHA: Bien.
MIGUEL: Después compramos la ropa y tomamos algo, un café.
MIRTHA: Aja.
MIGUEL: Y… a la noche… podemos salir a cenar también.
MIRTHA: Bueno.
MIGUEL: Solos.
MIRTHA: ¡Eso!
MIGUEL: Llegaremos a casa tipo doce...
MIRTHA: Me lo decís como si lo harías solo o con otra persona.
MIGUEL: No me dejas terminar Mirtha.
MIRTHA: Bueno, seguí.
MIGUEL: Llegaremos a casa tipo doce…
MIRTHA: Eso ya lo dijiste.
MIGUEL: Estaba empezando de nuevo, no me dejás terminar.
MIRTHA: No, no empezabas de nuevo.
MIGUEL: Sí.
MIRTHA: No. Porque si empezás de nuevo, tenés que empezar por lo del pelo.
MIGUEL: Estaba tomando carrera.
MIRTHA: ¿Para?
MIGUEL: Para decir lo que tenía que decir.
MIRTHA: ¿Y qué es Miguel? No la hagás tan larga.
MIGUEL: Vamos a llegar tipo doce…
MIRTHA: ¿Otra vez?
MIGUEL: Vamos a llegar tipo doce…
MIRTHA: Basta Miguel… Basta. ¿Vos te pensás que no sé lo que me vas a decir? ¿Vos te pensás que te conocí ayer? ¿Querés que te continúe yo el relato? Bueno, ahí va: “Vamos a llegar a casa tipo doce, te voy a sacar la ropa y te voy a tirar en la cama. Después te voy a dar muchos besos, por todos lados y vamos a hacer el amor”. Ese es el relato. Pero no es verdad. Porque aunque hagamos el amor, las cosas están como están. Y están mal. No, no están mal, están normal. Están así: (Acompaña la frase con una seña que muestra una línea horizontal) Rectas. Las cosas están como está tu pelo: Igual, sin cambios ni sobresaltos. Nuestras cosas son una cabeza que hace treinta años lleva el mismo corte y el mismo peinado. Y sugerir una noche “romántica” o tenerla, en el mejor de los casos, es lo mismo que ir a cortarse el pelo y creer que las cosas, o la cabeza, van a cambiar. La cabeza no cambia por un corte de pelo, la cabeza es la misma. Porque tiene el fantasma del mismo corte repetido en lo del Ruso. Es angustiante tener una relación que se parece a tu pelo.
MIGUEL: Vos querías que me corte el pelo.
MIRTHA: ¿No tenés que ir a la oficina vos?
MIGUEL: Sí.
MIRTHA: Bueno, andá.
MIGUEL: ¿Paso por vos a las seis?
MIRTHA: Dale.
MIGUEL: ¿Dónde queda la peluquería?
MIRTHA: Acá nomás.
MIGUEL: Yo para ver si vamos en auto o lo guardo.
MIRTHA: No, guardalo.
MIGUEL: Bueno, chau.
MIRTHA: Chau.
Miguel se acerca a Mirtha e intenta darle un beso sin que parezca que esa es la intención. Sin que parezca que las casas están mal o, mejor dicho, rectas. Mirtha, por su parte, quiere que el beso no tenga razones, que no intente acomodar las cosas. Es por este cruce de objetivos que el beso se da a medias, seco. La mano de Miguel intentó rodear la cintura de Mirtha. La boca de Mirtha intentó cortar el beso un poco antes y después se arrepintió, pero ya era tarde. Lo mismo sucedió con Miguel cuando notó las intenciones de Mirtha, las dos. Es un momento patético, de ambos, los dos son los espectadores del momento patético del otro, pero los dos se sienten patéticos y lo son, por eso no ven al otro, no ven el momento patético del otro. Están demasiado ocupados sufriendo el propio momento patético. Es por eso que no pueden accionar o ver al otro. Están tan avergonzados que se ciernen en ellos mismos y sufren sin saber que el otro lo hace de la misma manera. El beso termina rápido, sin consecuencias.
MIGUEL: Chau.
MIRTHA: Chau.
SEGUNDA MAÑANA
-después del corte-
Miguel, un hombre de unos 60 años se peina frente al espejo del baño. Lo hace hacia arriba y con los dedos. Una y otra vez se para el poco pelo de arriba, tiene gel en los dedos. Mira fijo el espejo, serio. Su cabello despeinado y parado hace notar el cuero de abajo. No está pelado, sólo tiene poco pelo, sólo tiene el pelo fino y parado. Su mirada al frente y su mentón hacia abajo, lo hacen riguroso. Ya está terminado el peinado, pero se sigue parándose el pelo un poco más, la misma mirada, la misma cara inmutable del principio. Es de mañana.
MIRTHA: (Desde afuera) ¿Migue?... ¿Qué hacés? (Pasa un tiempo) Migue… ¿Estás en el baño? (Un poco más) ¡Migue! ¿Me escuchás?
MIGUEL: Sí.
MIRTHA: (Entrando al baño, mira a Miguel). ¿Era así?
MIGUEL: ¿Eh?
MIRTHA: ¿Era así el peinado?
MIGUEL: Sí.
MIRTHA: ¿Seguro?
MIGUEL: Sí.
MIRTHA: ¿No te lo había hecho distinto?
MIGUEL: No, era así.
MIRTHA: No sé. Ayer era otra cosa.
MIGUEL: Era así Mirtha.
MIRTHA: No, a ver. (Mirtha se acerca por atrás y toca el pelo de Miguel, que aparta la cabeza en un movimiento rápido, como si los dedos de Mirtha estuvieran calientes). ¿Qué te pasa?
MIGUEL: Dejá. Era así.
MIRTHA: ¿Me dejás probar una cosa? (Pausa, pequeña. La cabeza de Miguel vuelve a su estado natural, recta. Mirtha manipula con sus dedos los pelos de Miguel, no hace muchos cambios. Por la expresión del rostro de Mirtha, podríamos suponer que olió mierda). Te pusiste mucho gel. El chico dijo que era poquito y en los dedos.
MIGUEL: Me puse poquito.
MIRTHA: No, te pusiste un montón Migue. Vení, vení que te lo lavo.
Mirtha toma la nuca de Miguel y hace fuerza hacia abajo, se ve que Miguel se resiste, tiembla.
MIGUEL: ¿Qué hacés?
MIRTHA: Te voy a lavar el pelo.
MIGUEL: No.
MIRTHA: Es que es la única forma de sacarte el gel, te tengo que lavar el pelo.
MIGUEL: Pero no.
El forcejeo sigue, sigue el temblor. Las fuerzas enemistadas y contrarias siguen accionando. La mano de Mirtha en la nuca de Miguel hacia abajo, la cabeza y la cara de Miguel hacia arriba.
MIRTHA: Miguel no seas chiquilín.
MIGUEL: Y vos no seas mamá.
MIRTHA: Miguel, no hagas tanta fuerza.
MIGUEL: Sos vos la que me está queriendo lavar el pelo a la fuerza.
MIRTHA: Pero es por tu bien, yo sé lo que te dijo el chico.
MIGUEL: Yo también sé.
MIRTHA: Dejame que te explico.
MIGUEL: Mirtha cortala.
No, Mirtha no la corta, sigue presionando a Miguel hacia abajo, ya casi que lo tiene contra la bacha, tanto lo tiene contra la bacha que Miguel tiene que apoyar ambas manos sobre la misma para poder ayudarse en su ascensión y entonces Mirtha usa las dos manos, un codo ahora, para liberar la mano y abrir la canilla. Con esa mano suelta, carga agua y la tira en la cabeza de Miguel, le moja el pelo. Él no puede dejar de apoyar las manos que tiene sobre la bacha porque eso causaría su derrota, eso causaría que su cabeza se introduzca totalmente en la bacha, bajo el agua que sigue corriendo y mojando. Mirtha, ahora, quiere soltar la otra mano y alcanzar con ella una botella de shampoo que está lejos, pero si suelta la segunda mano podría perder la confrontación, podría generar que Miguel se escape de su presión, entonces toma el jabón que está sobre la bacha, lo moja con el agua y se lo refriega en la cabeza, generando espuma; tira el jabón, con las dos manos y con jabón lava el poco pelo de Miguel y también ya lo enjuaga, usando el mismo mecanismo del codo haciendo presión y la mano suelta que carga agua y la tira encima de la cabeza de Miguel. Todo esto se produce, como es de esperarse, entre un montón de gritos y gemidos de fuerza, entre un montón de frases sueltas del estilo de: “Dejame a mí”, “Estás loca”, “Me haces mal”, “Soltáme”, “Yo se lo que te digo”, “El chico me explicó”, “Mirtha”, “Miguel” y muchas otras más, algunas ni se entienden, hay agua, gritos y jabón por todos lados. Finalmente, pero sin que el agua deje de correr, Mirtha toma la toalla, deja de hacer presión y seca la cabeza de Miguel, con la misma violencia de todo lo anterior, pero con una diferencia, Miguel está rendido, agotado, vencido.
MIRTHA: (Jadeando tira la toalla al suelo) Y ahora te voy a explicar cómo te tenés que peinar.
Humedece los dedos de la mano derecha en el tarro de gel Lord Cheselin de plástico. Los cinco dedos que se humedecieron se juntan con los otros cinco dedos de la mano izquierda y se frotan.
MIRTHA: Poquito ¿ves?
Los diez dedos de Mirtha van hacia el pelo corto de Miguel y con contactos rápidos y ascendentes lo paran. Este nuevo peinado no difiere mucho del que Miguel se había hecho antes, pero la cara de Mirtha muestra satisfacción al terminar.
MIRTHA: Así. Así te tenés que peinar. (Pausa. Mirtha mira el espejo, mira al Miguel del espejo. El Miguel del espejo mira a la Mirtha de este lado de la realidad). Y ahora salí, salí que tengo que hacer pis. (Pausa) Y cambiate esa camisa que está toda mojada.
Miguel sale del baño lentamente y cierra la puerta. Mirtha, sola en el baño, se baja la bombacha y se sienta a mear. Se escucha un chorro de orina un ratito y se corta, ya no mea. Ahora mira el rollo de papel higiénico, lo toma, saca el cartón que tiene adentro, con las manos le corta una de las puntas formando un cuenco. Se para y se pone de frente al inodoro, coloca el rollo de cartón cortado entre sus piernas. Pasa el tiempo. ¿O se detuvo? No, no se detuvo, pasa, porque ahora el ruido de la orina contra el agua del inodoro es intenso y salpica. Mirtha está meando parada. ¿Terminó? No, falta un chorro y luego otro y otro más corto. Ahora sí terminó. Hace un bollo con el dispositivo de cartón y lo tira al inodoro, después tira la cadena. Mira hacia abajo. Se lava las manos. Se seca. Se arregla un poco el pelo, es corto y castaño.
MIRTHA: ¿Migue? ¿Migue estás ahí?
MIGUEL: (Desde afuera) Sí.
MIRTHA: ¿Y qué hacés ahí?
MIGUEL: Espero.
MIRTHA: ¿Qué cosa?
MIGUEL: A vos. A que salgas.
MIRTHA: ¿Tenés que usar el baño?
MIGUEL: Sí. No sé.
MIRTHA: Pasá. (Miguel entra) Me parece que se tapó el inodoro.
MIGUEL: A ver… (Mira el interior del inodoro) Uh sí, parece que sí. ¿Tiraste papel?
MIRTHA: A vos… a vos te voy a tirar al inodoro.
MIGUEL: No lo dudo.
Mirtha mira a Miguel largo rato. Él también la mira. Largo rato. Ahora sí podríamos asegurar que el tiempo está detenido. Pero no.
MIRTHA: Que lindo te queda el corte.
MIGUEL
MIRTHA
PRIMERA MAÑANA
-antes del corte-
Miguel, un hombre de unos 60 años se peina frente al espejo del baño. Lo hace hacia atrás, con el pelo mojado y un peine fino. Una y otra vez marca el trazo del pelo, es prolijo y decidido. Mira fijo el espejo, serio. Su cabello peinado y mojado hace notar el cuero de abajo. No está pelado, sólo tiene poco pelo, sólo tiene el pelo fino y lacio. Su mirada al frente y su mentón hacia abajo, lo hacen riguroso. Ya está terminado el peinado, pero se sigue peinando un poco más, la misma mirada, la misma cara inmutable del principio. Es de mañana.
MIRTHA: (Desde afuera) ¿Migue?... ¿Qué hacés? (Pasa un tiempo) Migue… ¿Estás en el baño? (Un poco más) ¡Migue! ¿Me escuchás?
MIGUEL: Sí.
MIRTHA: Y contestame entonces.
MIGUEL: ¿Qué pasa?
MIRTHA: ¿Qué hacés?
MIGUEL: Estoy en el baño.
MIRTHA: Que novedad. ¿Qué hacés en el baño?
MIGUEL: Me estoy peinando Mirtha.
MIRTHA: Ah… ¿Puedo pasar?
Miguel hace un gesto y susurra un “como si me importara” muy despacio, casi imperceptible, es un pensamiento en voz alta pero muy baja. Mirtha entra y lo mira, él no deja de darles los retoques a ese pelo que hace bastante está terminado.
MIRTHA: Tengo que hacer pis.
MIGUEL: Usá el baño de abajo.
MIRTHA: No quiero, tengo mis cosas acá.
MIGUEL: ¿Qué cosas necesitas para hacer pis?
MIRTHA: No quiero ir al de abajo Miguel, éste es mi baño. (Otro tiempo que pasa. Mirtha lo mira peinarse, ella tiene el ceño levemente fruncido). ¿Te falta mucho?
MIGUEL: Mm.
MIRTHA: Si a vos no te jode yo meo.
MIGUEL: Ya termino Mirtha.
Mirtha lo mira y también se mira en el espejo. Tiene el pelo corto y castaño. Se la ve más joven o sólo con un poco más de energías.
MIRTHA: ¿Porqué no te cortas el pelo? Hacete un corte moderno, como los que se usan ahora. Como Kelbin Klark… Kerk. Como me gustaba Calvin Klerk. Así, un poquito para arriba, cortito y paradito, más moderno. Te va a hacer más joven. (Miguel deja de peinarse y apoya el peine suave y lentamente sobre la bacha). ¿Hace cuánto que usas el mismo peinado? Todos tus amigos ya se cambiaron el pelo, mirá Ricardo que bien que le queda así rapadito y tiene menos pelo que vos. Tenes que aprovechar que todavía te quedan algunos pelos y que te podes hacer un corte. Más moderno. Acá a la vuelta abrieron una peluquería, una barbería se dice, como antes. Hasta tiene el cosito ese de líneas rojas como las de estados unidos. Hace tiempo que la abrieron y no paran de salir chicos jóvenes, con unas caras divinas y unos cortes preciosos. Todos chicos jóvenes, los peluqueros también. Andá ahí y cortate el pelo.
MIGUEL: Yo me corto en lo del Ruso hace más de 30 años.
MIRTHA: Justamente. Ya ni cerca te queda, te vas en auto a cortarte el pelo Miguel. Ni te pregunta cómo lo querés, te hace lo mismo de hace 30 años y te cobra mucho más.
MIGUEL: Pero es mi peluquero.
MARTHA: ¿Y qué? Vos te crees que se va a enterar. Y si te ve, que se entere y que se modernice un poco el también. Dale, hacelo por mi, ponete lindo. Yo te acompaño.
MIGUEL: Tch.
MIRTHA: Mirá, hoy cuando salís de la empresa, me pasas a buscar y vamos. Después caminamos un poco y te compras un pantalón y una camisa linda, un par de camisas y dos pantalones.
MIGUEL: No se, hoy no se.
MIRTHA: ¿Porqué no sabes? ¿Qué tenés que hacer? Salís a las seis, yo no voy a ritmos, me pasas a buscar y paseamos. ¿Querés que hable yo con el peluquero? Yo hablo y le explico lo que querés. Le digo que querés estar más joven. Que te haga un corte como los que se usan ahora, pero sin zafarse; no vas a tener Mirtha escrito en la cabeza. Después te compras un pantalón y una camisa, paseamos un poco, volvemos, te pones todo y después, si querés, te vas al club. Imaginate cuando te vean. Van a decir: ¿quién ese pendejo hermoso que entra?... ¿Sí?
La boca de Miguel se ladea hacia el costado, es la primera sonrisa o mueca que vemos en él.
MIGUEL: Que se yo.
MIRTHA: ¿Sí?
MIGUEL: Yo cuando era joven me peinaba así.
MIRTHA: Pero tenías muuucho pelo y muuuy oscuro. Ahora está blanquiiito y poquito.
Mirtha se acerca a Miguel por atrás. Con las dos manos en la cabeza le levanta el pelo hacia arriba. Ella y él miran al Miguel del espejo mientras Mirtha despeina a los dos al mismo tiempo.
MIRTHA: Mirá... Así, ¿ves?
Siguen los dos mirando el reflejo de Miguel. Lo que Mirtha pretende está lejos de materializarse en este patético peinado que ha realizado con sus manos. La pausa es larga, como si fuese una foto.
MIGUEL: Sí, la verdad que ahora parezco de 30.
Segunda sonrisa o eso parece. Agarra el peine y vuelve a peinarse hacia atrás, como antes, como siempre. Demora un poco en terminar, pero no tanto.
MIGUEL: Me da vergüenza.
MIRTHA: ¿Qué?
MIGUEL: Que me da vergüenza.
MIRTHA: ¿Qué te da vergüenza?
MIGUEL: Todo... Ir a una peluquería, comprarme un pantalón. Me da vergüenza. Lo que uno disfraza de fidelidad es en realidad vergüenza. Y la vergüenza es miedo. Un miedo al revés. Porque en vez de saltar y salir corriendo, te hace seguir por el mismo camino con la cabeza baja. Me da vergüenza ir al club, que me miren cambiado, que me carguen. Me da vergüenza estar viejo.
MIRTHA: Sos un pelotudo.
MIGUEL: No Mirtha.
MIRTHA: Sí. ¿Y eso que decís de la fidelidad qué es? ¿Qué quiere decir? Porque si te da vergüenza comprarte un pantalón, te debe dar más vergüenza decirle a una chica de treinta que te gusta. O sea que estás conmigo por vergüenza.
MIGUEL: No, eso es distinto.
MIRTHA: A ver, explicame porque no entiendo.
MIGUEL: Es distinto Mirtha.
MIRTHA: Salí Miguel, que voy a mear.
Miguel la mira un rato, después mira hacia abajo y luego hacia la puerta. Sale del baño despacio. Mirtha está seria y lo mira fijo. Ha dejado la mano señalando la puerta del baño, en la misma dirección por la que sale Miguel lentamente. Ya afuera Miguel la mira, ella es una estatua señalando Los Andes, hasta tiene el mismo color del bronce y los mismos ojos opacos.
MIGUEL: ¿Cierro?
Mirtha no responde más que un gesto que se interpreta como “obviamente”, abriendo los ojos que ahora cobran vida gracias a la rabia. Cuando la puerta se cierra la estatua se vuelve de goma, pero no pierde la forma hasta después de unos segundos, cuando un poco aturdida se baja la bombacha y se sienta a mear. El codo en la rodilla y la mano en el mentón. Se comienza a escuchar el chorro de orina contra el agua del inodoro, es lo único que se escucha. ¿Pasa el tiempo o se detuvo? Pasa. Porque escuchamos a Mirtha mear. Mea mucho. Al terminar se seca con papel higiénico, se levanta la bombacha, se acomoda la ropa. Ahora se mira al espejo y también se acomoda un poco el pelo.
MIRTHA: ¿Estás ahí Miguel?
MIGUEL: Sí.
MIRTHA: ¿Y que hacés?
MIGUEL: Te espero.
MIRTHA: ¿Qué? ¿Cómo?
MIGUEL: Nada, te espero a que salgas.
MIRTHA: ¿Para?
MIGUEL: ¿Qué cosa?
MIRTHA: ¿Para que me esperás?
MIGUEL: Y que se yo.
MIRTHA: ¿Tenés que usar el baño?
MIGUEL: Eh… Sí, no sé.
MIRTHA: ¿Sí o no sé? .
MIGUEL: No, no sé.
MIRTHA: Miguel. ¿Tenés que usar el baño o no?
MIGUEL: No.
MIRTHA: Entonces no esperes ahí.
Mirtha niega con la cabeza. Mecánicamente se maquilla porque no está ahí, en el maquillaje. Se ve claramente que quedó allá, con Miguel. Pasa el tiempo -ahora es más claro- cada vez que Mirtha niega con la cabeza. Ahora mira hacia la puerta y sólo se dedica a respirar, lo hace dos veces antes de cortar esa respiración en un suspiro seco.
MIRTHA: Te estoy escuchando. (Pausa) Te estoy escuchando te digo, no tenés que disimular. (Otra más) ¡Ay dios mío! ¿Podés pasar Miguel? (Miguel abre la puerta y pasa, un poco).
MIGUEL: ¿Qué?
MIRTHA: ¿Qué?
MIGUEL: ¿Qué?
MIRTHA: “¿Qué?”
MIGUEL: Sí, ¿qué?
MIRTHA: ¿En serio me decís qué?
MIGUEL: Sí.
MIRTHA: ¿Qué de qué?
MIGUEL: Que sí. ¿Qué qué?
MIRTHA: Vos dijiste qué.
MIGUEL: Sí, ¿Qué?
MIRTHA: ¿Qué qué?
MIGUEL: “¿Qué?”
Mirtha ríe por el exceso de la palabra y Miguel tiene la palabra nuevamente en la boca, pero no la dice. Sólo se miran, Mirtha con una sonrisa y Miguel no, pero casi. ¿Cuántas veces pasa el tiempo en una sola mañana?
MIGUEL: Me voy a cortar el pelo.
MIRTHA: Bien.
MIGUEL: Salgo de la oficina y paso por acá.
MIRTHA: Bien.
MIGUEL: Después compramos la ropa y tomamos algo, un café.
MIRTHA: Aja.
MIGUEL: Y… a la noche… podemos salir a cenar también.
MIRTHA: Bueno.
MIGUEL: Solos.
MIRTHA: ¡Eso!
MIGUEL: Llegaremos a casa tipo doce...
MIRTHA: Me lo decís como si lo harías solo o con otra persona.
MIGUEL: No me dejas terminar Mirtha.
MIRTHA: Bueno, seguí.
MIGUEL: Llegaremos a casa tipo doce…
MIRTHA: Eso ya lo dijiste.
MIGUEL: Estaba empezando de nuevo, no me dejás terminar.
MIRTHA: No, no empezabas de nuevo.
MIGUEL: Sí.
MIRTHA: No. Porque si empezás de nuevo, tenés que empezar por lo del pelo.
MIGUEL: Estaba tomando carrera.
MIRTHA: ¿Para?
MIGUEL: Para decir lo que tenía que decir.
MIRTHA: ¿Y qué es Miguel? No la hagás tan larga.
MIGUEL: Vamos a llegar tipo doce…
MIRTHA: ¿Otra vez?
MIGUEL: Vamos a llegar tipo doce…
MIRTHA: Basta Miguel… Basta. ¿Vos te pensás que no sé lo que me vas a decir? ¿Vos te pensás que te conocí ayer? ¿Querés que te continúe yo el relato? Bueno, ahí va: “Vamos a llegar a casa tipo doce, te voy a sacar la ropa y te voy a tirar en la cama. Después te voy a dar muchos besos, por todos lados y vamos a hacer el amor”. Ese es el relato. Pero no es verdad. Porque aunque hagamos el amor, las cosas están como están. Y están mal. No, no están mal, están normal. Están así: (Acompaña la frase con una seña que muestra una línea horizontal) Rectas. Las cosas están como está tu pelo: Igual, sin cambios ni sobresaltos. Nuestras cosas son una cabeza que hace treinta años lleva el mismo corte y el mismo peinado. Y sugerir una noche “romántica” o tenerla, en el mejor de los casos, es lo mismo que ir a cortarse el pelo y creer que las cosas, o la cabeza, van a cambiar. La cabeza no cambia por un corte de pelo, la cabeza es la misma. Porque tiene el fantasma del mismo corte repetido en lo del Ruso. Es angustiante tener una relación que se parece a tu pelo.
MIGUEL: Vos querías que me corte el pelo.
MIRTHA: ¿No tenés que ir a la oficina vos?
MIGUEL: Sí.
MIRTHA: Bueno, andá.
MIGUEL: ¿Paso por vos a las seis?
MIRTHA: Dale.
MIGUEL: ¿Dónde queda la peluquería?
MIRTHA: Acá nomás.
MIGUEL: Yo para ver si vamos en auto o lo guardo.
MIRTHA: No, guardalo.
MIGUEL: Bueno, chau.
MIRTHA: Chau.
Miguel se acerca a Mirtha e intenta darle un beso sin que parezca que esa es la intención. Sin que parezca que las casas están mal o, mejor dicho, rectas. Mirtha, por su parte, quiere que el beso no tenga razones, que no intente acomodar las cosas. Es por este cruce de objetivos que el beso se da a medias, seco. La mano de Miguel intentó rodear la cintura de Mirtha. La boca de Mirtha intentó cortar el beso un poco antes y después se arrepintió, pero ya era tarde. Lo mismo sucedió con Miguel cuando notó las intenciones de Mirtha, las dos. Es un momento patético, de ambos, los dos son los espectadores del momento patético del otro, pero los dos se sienten patéticos y lo son, por eso no ven al otro, no ven el momento patético del otro. Están demasiado ocupados sufriendo el propio momento patético. Es por eso que no pueden accionar o ver al otro. Están tan avergonzados que se ciernen en ellos mismos y sufren sin saber que el otro lo hace de la misma manera. El beso termina rápido, sin consecuencias.
MIGUEL: Chau.
MIRTHA: Chau.
SEGUNDA MAÑANA
-después del corte-
Miguel, un hombre de unos 60 años se peina frente al espejo del baño. Lo hace hacia arriba y con los dedos. Una y otra vez se para el poco pelo de arriba, tiene gel en los dedos. Mira fijo el espejo, serio. Su cabello despeinado y parado hace notar el cuero de abajo. No está pelado, sólo tiene poco pelo, sólo tiene el pelo fino y parado. Su mirada al frente y su mentón hacia abajo, lo hacen riguroso. Ya está terminado el peinado, pero se sigue parándose el pelo un poco más, la misma mirada, la misma cara inmutable del principio. Es de mañana.
MIRTHA: (Desde afuera) ¿Migue?... ¿Qué hacés? (Pasa un tiempo) Migue… ¿Estás en el baño? (Un poco más) ¡Migue! ¿Me escuchás?
MIGUEL: Sí.
MIRTHA: (Entrando al baño, mira a Miguel). ¿Era así?
MIGUEL: ¿Eh?
MIRTHA: ¿Era así el peinado?
MIGUEL: Sí.
MIRTHA: ¿Seguro?
MIGUEL: Sí.
MIRTHA: ¿No te lo había hecho distinto?
MIGUEL: No, era así.
MIRTHA: No sé. Ayer era otra cosa.
MIGUEL: Era así Mirtha.
MIRTHA: No, a ver. (Mirtha se acerca por atrás y toca el pelo de Miguel, que aparta la cabeza en un movimiento rápido, como si los dedos de Mirtha estuvieran calientes). ¿Qué te pasa?
MIGUEL: Dejá. Era así.
MIRTHA: ¿Me dejás probar una cosa? (Pausa, pequeña. La cabeza de Miguel vuelve a su estado natural, recta. Mirtha manipula con sus dedos los pelos de Miguel, no hace muchos cambios. Por la expresión del rostro de Mirtha, podríamos suponer que olió mierda). Te pusiste mucho gel. El chico dijo que era poquito y en los dedos.
MIGUEL: Me puse poquito.
MIRTHA: No, te pusiste un montón Migue. Vení, vení que te lo lavo.
Mirtha toma la nuca de Miguel y hace fuerza hacia abajo, se ve que Miguel se resiste, tiembla.
MIGUEL: ¿Qué hacés?
MIRTHA: Te voy a lavar el pelo.
MIGUEL: No.
MIRTHA: Es que es la única forma de sacarte el gel, te tengo que lavar el pelo.
MIGUEL: Pero no.
El forcejeo sigue, sigue el temblor. Las fuerzas enemistadas y contrarias siguen accionando. La mano de Mirtha en la nuca de Miguel hacia abajo, la cabeza y la cara de Miguel hacia arriba.
MIRTHA: Miguel no seas chiquilín.
MIGUEL: Y vos no seas mamá.
MIRTHA: Miguel, no hagas tanta fuerza.
MIGUEL: Sos vos la que me está queriendo lavar el pelo a la fuerza.
MIRTHA: Pero es por tu bien, yo sé lo que te dijo el chico.
MIGUEL: Yo también sé.
MIRTHA: Dejame que te explico.
MIGUEL: Mirtha cortala.
No, Mirtha no la corta, sigue presionando a Miguel hacia abajo, ya casi que lo tiene contra la bacha, tanto lo tiene contra la bacha que Miguel tiene que apoyar ambas manos sobre la misma para poder ayudarse en su ascensión y entonces Mirtha usa las dos manos, un codo ahora, para liberar la mano y abrir la canilla. Con esa mano suelta, carga agua y la tira en la cabeza de Miguel, le moja el pelo. Él no puede dejar de apoyar las manos que tiene sobre la bacha porque eso causaría su derrota, eso causaría que su cabeza se introduzca totalmente en la bacha, bajo el agua que sigue corriendo y mojando. Mirtha, ahora, quiere soltar la otra mano y alcanzar con ella una botella de shampoo que está lejos, pero si suelta la segunda mano podría perder la confrontación, podría generar que Miguel se escape de su presión, entonces toma el jabón que está sobre la bacha, lo moja con el agua y se lo refriega en la cabeza, generando espuma; tira el jabón, con las dos manos y con jabón lava el poco pelo de Miguel y también ya lo enjuaga, usando el mismo mecanismo del codo haciendo presión y la mano suelta que carga agua y la tira encima de la cabeza de Miguel. Todo esto se produce, como es de esperarse, entre un montón de gritos y gemidos de fuerza, entre un montón de frases sueltas del estilo de: “Dejame a mí”, “Estás loca”, “Me haces mal”, “Soltáme”, “Yo se lo que te digo”, “El chico me explicó”, “Mirtha”, “Miguel” y muchas otras más, algunas ni se entienden, hay agua, gritos y jabón por todos lados. Finalmente, pero sin que el agua deje de correr, Mirtha toma la toalla, deja de hacer presión y seca la cabeza de Miguel, con la misma violencia de todo lo anterior, pero con una diferencia, Miguel está rendido, agotado, vencido.
MIRTHA: (Jadeando tira la toalla al suelo) Y ahora te voy a explicar cómo te tenés que peinar.
Humedece los dedos de la mano derecha en el tarro de gel Lord Cheselin de plástico. Los cinco dedos que se humedecieron se juntan con los otros cinco dedos de la mano izquierda y se frotan.
MIRTHA: Poquito ¿ves?
Los diez dedos de Mirtha van hacia el pelo corto de Miguel y con contactos rápidos y ascendentes lo paran. Este nuevo peinado no difiere mucho del que Miguel se había hecho antes, pero la cara de Mirtha muestra satisfacción al terminar.
MIRTHA: Así. Así te tenés que peinar. (Pausa. Mirtha mira el espejo, mira al Miguel del espejo. El Miguel del espejo mira a la Mirtha de este lado de la realidad). Y ahora salí, salí que tengo que hacer pis. (Pausa) Y cambiate esa camisa que está toda mojada.
Miguel sale del baño lentamente y cierra la puerta. Mirtha, sola en el baño, se baja la bombacha y se sienta a mear. Se escucha un chorro de orina un ratito y se corta, ya no mea. Ahora mira el rollo de papel higiénico, lo toma, saca el cartón que tiene adentro, con las manos le corta una de las puntas formando un cuenco. Se para y se pone de frente al inodoro, coloca el rollo de cartón cortado entre sus piernas. Pasa el tiempo. ¿O se detuvo? No, no se detuvo, pasa, porque ahora el ruido de la orina contra el agua del inodoro es intenso y salpica. Mirtha está meando parada. ¿Terminó? No, falta un chorro y luego otro y otro más corto. Ahora sí terminó. Hace un bollo con el dispositivo de cartón y lo tira al inodoro, después tira la cadena. Mira hacia abajo. Se lava las manos. Se seca. Se arregla un poco el pelo, es corto y castaño.
MIRTHA: ¿Migue? ¿Migue estás ahí?
MIGUEL: (Desde afuera) Sí.
MIRTHA: ¿Y qué hacés ahí?
MIGUEL: Espero.
MIRTHA: ¿Qué cosa?
MIGUEL: A vos. A que salgas.
MIRTHA: ¿Tenés que usar el baño?
MIGUEL: Sí. No sé.
MIRTHA: Pasá. (Miguel entra) Me parece que se tapó el inodoro.
MIGUEL: A ver… (Mira el interior del inodoro) Uh sí, parece que sí. ¿Tiraste papel?
MIRTHA: A vos… a vos te voy a tirar al inodoro.
MIGUEL: No lo dudo.
Mirtha mira a Miguel largo rato. Él también la mira. Largo rato. Ahora sí podríamos asegurar que el tiempo está detenido. Pero no.
MIRTHA: Que lindo te queda el corte.
-FIN-
me ha gustado mucho
ResponderEliminar¡Muchas Gracias por el comentario! Te invito a leer mucho más y a compartirlo.
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